lunes 20 de junio de 2011

Aburrimiento, mala conducta, autoestima y hábitos de estudio






En la última sesión de nuestra Escuela de Padres de este presente curso 2010/2011 retomamos esos temas que nos habían quedado pendientes de la anterior sesión.


El primero de ellos fue el del aburrimiento vital del que en ocasiones parecen ser prisioneros nuestros hijos. Es una percepción generalizada la de que nuestros hijos no saben gestionar su tiempo libre. Es como si les resultara incómodo ‘tener espacios en blanco en su agenda’. Espacios que, evidentemente, no quieren llenar con tarea o con actividades útiles como ordenar su cuarto, pero que les suponen una pesada carga.


Momentos del día como la sobremesa (la hora de la siesta), el final del día, cuando ya ha terminado todo lo que estaba programado (extraescolares, hacer la tarea, bajar al parque…), o épocas de vacaciones, pueden volverse insoportables por el miedo de nuestros hijos a perder/desaprovechar su tiempo.


Esta situación desagradable para ellos se traduce en nervios y llamadas de atención, ya que la mejor manera de combatir el aburrimiento es compartir el tiempo con los demás, aunque sea a base de disputas, riñas y castigos. Por eso debemos ser conscientes que cuando un hijo empieza a dar la lata y a machacar con el tema del aburrimiento, en el fondo lo que está haciendo es solucionar el problema iniciando un ‘juego de interactuación’. Es decir, molestar a los demás se convierte de manera más o menos inconsciente en una ocupación entretenida, que si bien no le satisface plenamente, si sirve para llenar el espacio en blanco de su agenda, y con suerte, puede que los padres o hermanos cedan ante la insistencia y generen una actividad verdaderamente entretenida (“vamos a jugar a…”, “vamos a bajar a la plazoleta”, “puedes coger un rato el videojuego”…).


Como en tantos otros temas, en este tampoco hay una receta mágica que nos solucione el problema, pero si hay un par estrategias que se pueden intentar explorar.


- Actividad comodín: Nuestros hijos, como cualquier niño, tienen unos gustos y preferencias bien definidos, y existen actividades que se podrían considerar sus favoritas (leer, dibujar, escuchar música, hacer puzles…). Una posible línea de actuación consiste en descubrir cuáles son las preferidas de nuestro hijo y usarlas como herramienta para frenar esos momentos de aburrimiento. Para que esta estrategia resulte funcional, sería necesario, no solo conocer los gustos de nuestro hijo, sino controlar de alguna manera el uso de la actividad que funciona como comodín. Si la actividad comodín de nuestro hijo es la lectura, pero se pasa el día y la noche leyendo, es normal que ante un episodio de aburrimiento no resulte efectiva la propuesta “¿por qué no lees un rato?”. No se trata de impedir el uso de la actividad, pero sí de evitar que se queme el recurso por sobreexplotación.


- Banco de recursos: Podríamos considerarlo como un complemento de la estrategia anterior, ya que también parte de la preferencia de nuestro hijo por determinada actividad y de la sugerencia que como padres hacemos para que la realice en un momento determinado. Pero en este caso, lo interesante es realizar una búsqueda previa de recursos de interés. Por ejemplo, si sé que a mi hijo le fascina el espacio, poco a poco, puedo ir recopilando diferentes recursos novedosos y llegado el momento fatal del aburrimiento ofrecer ese documental, esa revista, esa página web… como respuesta a su demanda.


- Compartir el tiempo: Antes señalábamos que detrás de las llamadas de atención está la idea: ‘hacer cosas juntos mitiga el aburrimiento’ (aunque lo que hagamos juntos sea discutir). Pues bien, una vez más surge el mismo planteamiento que ya hemos formulado otras veces: el día a día está lleno de oportunidades. Como padres, podemos convertir el aburrimiento de nuestros hijos en una fuente de momentos familiares. Partimos de la base de que no siempre es posible dedicar todo el tiempo que nos gustaría a nuestros hijos, pero muchas veces, tenemos una estructuración de nuestro tiempo excesivamente rígida, y con un simple reajuste horario, podemos disponer de algo de tiempo libre para compartir con nuestros hijos y disfrutar de esos momentos en familia que en otras ocasiones no son posibles por uno u otro motivo. Especialmente en vacaciones, pero también en un día ordinario, podemos hacer un esfuerzo por ser más flexibles y adelantar o atrasar determinadas actividades de nuestro quehacer diario para disponer de un momento de expansión familiar.


- Flexibilidad: También es habitual que no hagamos uso de determinadas actividades por ser fieles a unos principios básicos que hemos establecido. Por ejemplo, nuestro hijo no puede jugar a los videojuegos cada vez que se aburre porque tiene unos horarios para eso. Esa estrategia es positiva, pero a veces, podemos jugar la baza de la flexibilidad y ya que nuestro hijo tiene un horario en el que puede practicar esas actividades, podemos ‘negociar’ con él la redistribución de ese tiempo. “No puedes hacerlo ahora y después, pero puedes hacer uso ahora del tiempo que dispones para esa actividad y después hacer otra cosa”. No es una solución como tal, pero como padres, también necesitamos estrategias que nos ayuden a rebajar la tensión que produce el aburrimiento de nuestro hijo, y la flexibilidad, nos ayuda a poner un parche en el momento necesario, sin renunciar a la regulación que hacemos de determinadas actividades (tele, videojuegos, bajar al parque, ir a jugar a casa de los primos…) ya que mantenemos el porcentaje de tiempo aunque reajustemos el momento del día o de la semana.


Todas estas estrategias, no son más que alternativas para defendernos de los estragos del aburrimiento, por eso sería interesante que nuestra actuación no fuera interpretada como una respuesta a sus llamadas de atención, sino que en la medida de nuestras posibilidades, nos esforcemos por anticiparnos a nuestros hijos, y en cuanto detectemos los primeros síntomas de ese aburrimiento descontrolado, pongamos en marcha la estrategia. Si esperamos a que la cosa se desmadre para intervenir, el mensaje que estamos transmitiendo a nuestro hijo es el de que si se porta mal le damos lo que quiere, y ese mensaje es el peor que podemos enviar.
De la mano de estas estrategias de contención o de intervención primaria, debemos desarrollar un trabajo mucho más lento y callado para enseñar a nuestros hijos que aburrirse no es malo, que no siempre tenemos que estar activos y que ellos disponen de recursos para combatir el aburrimiento sin depender de nadie. Las dos primeras ideas son difíciles de interiorizar para nuestros hijos, ya que su cerebro ‘funciona a mil revoluciones por minuto’ y lograr clamarlo no es tarea fácil. Realizar ejercicios de relajación y meditación en familia puede resultar muy productivo a largo plazo. En lo que respecta a la tercera idea, es cuestión de tiempo que lleguen a ella por sí mismos, pero como padres podemos fomentar su interiorización haciéndoles patente día a día todas las cosas que ellos hacen por si solos para distraerse/divertirse.


Otro de los temas que abordamos en la sesión fue él de cómo intervenir ante la Mala Conducta de nuestro hijo. Muchas veces nos sentimos impotentes ante nuestro hijo al ver la resignación con que acepta un castigo. Es como si nada de lo que se le puede quitar o poner tuviera efecto sobre él.


Realmente hay muy pocas cosas que ejerzan una atracción suficiente sobre nuestro hijo como para que supongan un castigo efectivo. Por regla general ellos necesitan más el castigo moral, que el castigo material. Esto está muy en la línea de lo que hemos comentado en otras ocasiones de la motivación intrínseca. Nuestros hijos funcionan de dentro hacia afuera, no al revés, por eso es muy difícil que un castigo de algo de fuera tenga un efecto ‘milagroso’ sobre ellos.


Como padres, podemos buscar aquellos elementos que si son verdaderamente especiales para nuestros hijos (determinada actividad extraescolar, un juego concreto, ir a un cumpleaños de un amigo…), que a buen seguro los hay. Pero es fundamental que no hagamos un uso abusivo de ese recurso. Si detectamos algo especial para nuestro hijo sobre lo que el castigo si tiene efecto, y a continuación empezamos a amenazar siempre con eso, incluso a aplicar castigos sobre eso, pronto nuestro hijo acabará habituándose al sistema y resignándose una vez más. Por lo tanto, cuando detectemos ese algo sobre el que poder ejercer un castigo efectivo a nuestro hijo, debemos considerarlo un arma estratégica, y usarla solo cuando realmente la situación lo requiera.


Frente a los castigos, la otra alternativa de actuación dada la capacidad de comprensión y argumentación de nuestros hijos, es el diálogo. A priori debería ser una estrategia más sencilla y efectiva, pero aquí surge otro problema: las discusiones se eternizan, toman derroteros que no podíamos ni imaginar y al final acaban sacándonos de quicio o haciéndonos creer que nuestro hijo tiene más razón que nosotros.


Merece la pena replantear la manera en que debatimos con nuestros hijos. Muchas veces, caemos en el error de convertir lo que empezó como dialogo en un sermón, ante el cual nuestros hijos nos oyen como el que escucha pasar el tren. Otras veces en vez de dialogar, discutimos al más puro estilo de los programas de televisión, alzando la voz para imponer nuestro punto de vista. Tanto por un camino como el otro, es muy difícil que lleguemos a buen puerto.


La estrategia de dialogo con nuestros hijos debe estar basada en dos principios básicos: primero, que él hable más que yo, y segundo, que nunca me arrebate las riendas de la conversación.


Estos principios básicos se logran con la estrategia del preguntón. Se trata de una conversación en la que nuestro hijo debe analizar su comportamiento para reconocer que ha sido incorrecto, y justificarse por haber actuado mal. Por lo tanto, es él el que debe hacer examen de conciencia, es él el que tiene que explicar cosas, es él el que tiene que encontrar respuestas… nuestro papel será el de realizar las cuestiones oportunas, por un lado para conducirlo a la reflexión que nos interesa conseguir, y por otro para que la conversación se mantenga en los parámetros que a nosotros como padres nos interesa mantener.


No es sencillo (nadie dijo que nada de esto lo fuera), pero lo que al principio puede parecer imposible, con un poco de práctica y de voluntad por nuestra parte puede acabar dando resultados muy positivos. Lo que nunca debemos de olvidar es que por muy habilidosa que sea la dialéctica de nuestro hijo y por muchas estratagemas que use para llevarse el gato al agua, nosotros somos adultos, somos maduros, tenemos más experiencia que él y somos capaces de ver las cosas con más perspectiva (especialmente cuando tenemos claro desde el principio a donde queremos que llegue la conversación). Es una cuestión de fe en nosotros mismos y en nuestras capacidades.


Un tercer tema que iniciamos fue el de la Autoestima de nuestros hijos. Por regla general solemos encontrarnos una autoestima frágil, es decir, no es que la tengan baja, sino que se les ‘resquebraja’ con mucha facilidad. Ante las primeras dificultades abandonan una actividad (ya sea escolar o no) al grito de “no soy capaz”, “yo no sé hacerlo bien” o “soy muy torpe”. Este tipo de pensamientos, vienen a demostrar que nuestros hijos son tremendamente exigentes, autocríticos y perfeccionistas (evidentemente, no en todos los aspectos de su persona).




Desde pequeños, nuestros hijos se han criado entre mensajes (directos o indirectos) que resaltaban lo buenos que son, lo bien que hacen las cosas, lo especiales que son, lo adelantados que están… y eso a la larga se acaba convirtiendo en un lastre, ya que en la mayoría de los casos, interiorizan unas expectativas que les hacen interpretar como fracaso todo lo que esté por debajo de esa excelencia. Así que prefieren no hacer algo, antes que hacerlo de forma mediocre no cumpliendo las expectativas.


Insisto en que esas expectativas, esa exigencia, nada tienen que ver con que nosotros le pidamos más o menos nota en sus exámenes o que verbalizamos el famoso “tú lo puedes hacer mejor”. Se trata de un goteo que desde muy pequeños están recibiendo en casa, con familiares o amigos, en los primeros cursos académicos, en sus actividades extraescolares… son miles de comentarios (sin maldad ninguna y sin pretensiones de nada) que desde muy chiquititos han ido oyendo y acumulando.


Aclarado eso, lo que queda es plantearnos qué hacer ante la baja tolerancia a la frustración que muestran nuestros hijos y la fragilidad de su autoestima. Como en otros asuntos, ni hay recetas mágicas, ni lo que hagamos tendrá un efecto inmediato. Pero hay que insistir en una idea: la autoestima, es una construcción social y por lo tanto está vinculada a las relaciones sociales. En la medida en que nuestras relaciones sociales son mejores, más estables y de mejor calidad, se convierten en reguladoras de la autoestima, haciéndonos sentir mejor y más seguros de nosotros mismos. Por lo tanto, para ayudar a nuestros hijos en este sentido, lo mejor que podemos hacer es facilitarle un amplio abanico de contextos sociales de relación, en los que entre en contacto con diferentes personas y pueda así establecer los vínculos que necesita para desarrollarse satisfactoriamente.




Una dificultad añadida a este tema, es el concepto de amistad que tiene nuestros hijos. Para ellos, no es fácil entablar relaciones, no solo porque les cueste trabajo identificarse con otros niños, sino porque además, tienen un concepto muy elevado de la amistad. Tienden a entender la amistad como la entienden los adolescentes (fidelidad, intimidad, emotividad, autenticidad…) y normalmente, los niños no tienen ese concepto, sino que entienden la amistad como algo mucho más espontaneo y efímero. Por ello, nuestros hijos pueden llegar a tener verdaderos conflictos relacionados con los amigos, cuando sienten que estos les están fallando, o no están cumpliendo con las altísimas expectativas que tenían de ellos. Frente a esto cabe recordar el comentario que ya incluimos en una sesión anterior de la escuela de padres sobre los grados de relación (amigo, compañero, conocido…) y la importancia de recordárselos a nuestros hijos.







Por último, volvimos a debatir sobre el futuro académico que espera a nuestros hijos en relación con los Hábitos de Estudio. A muchos padres les preocupa que la facilidad con que sus hijos aprueban con nota en primaria sin coger un libro les pase factura al llegar a secundaria y más adelante. Por ello, se enfrascan en intentar inculcar a sus hijos hábitos de estudio. El temor, no es infundado. Sabemos que hay un índice considerable de niños y niñas con Altas Capacidades que presentan fracaso escolar (especialmente a partir de la secundaria).


Sin embargo, hay que dejar claro un asunto: cuando un niño o una niña con Altas Capacidades fracasa en la escuela, no estamos hablando de un fracaso académico, sino de un fracaso personal.


Nuestros hijos tienen capacidad y recursos suficientes para superar los contenidos académicos de la enseñanza obligatoria y mucho más allá, y para ello, no les hace falta más hábito de estudio que el que ellos mismos van a ir desarrollando en función de lo que necesiten en cada una de sus etapas académicas.


Para lo que nuestros hijos no son sobredotados, es para enfrentarse a los conflictos sociales propios de la adolescencia, a la falta de motivación, al sentimiento de vacío o de pérdida de tiempo, a la soledad y la incomprensión, a los desengaños… eso es lo que como padres debe estar siempre en nuestro horizonte, ahí es donde debe estar nuestro foco de preocupaciones para que con nuestro esfuerzo de hoy, tenga la edad que tenga nuestro hijo, contribuyamos a un correcto desarrollo de su personalidad y cimentemos una buena relación familiar, que nos permita seguir ayudándolo en el futuro.


Hasta aquí, parte de lo que dio de sí la última sesión de nuestra Escuela de Padres 2010/2011. Como siempre, destacar que fueron muchos más los temas que se trataron y más enriquecedor el diálogo que se estableció in situ. Os animo a que en el próximo curso seamos muchos más los que nos reunamos cada sesión.


Nos queda todo un verano por delante para disfrutar de nuestros hijos, no desaprovechéis las oportunidades que se nos presenten para seguir educándolo y creciendo juntos. Para cualquier duda o comentario podéis poneros en contacto conmigo a través del correo jesusgarciagallardo@gmail.com.

miércoles 13 de abril de 2011

Nuestros hijos y la amistad




El primer dilema que se nos plantea en el tema de la amistad es ¿cómo podemos ayudar a nuestros hijos a tener amigos? Parece algo raro, pero es habitual que los niños con altas capacidades intelectuales tengan problemas a la hora de establecer relaciones de amistad con otros niños.


Hay casos en los que la causa se sitúa en el comienzo mismo de la relación, por la timidez o la dificultad que tienen en muchas ocasiones para acercarse con naturalidad a los otros. Ante esta primera barrera, además de la habitual dosis de paciencia con la que nos cargamos cada mañana, solo cabe añadir que eso es algo normal en estos niños y que se va pasando con el tiempo, es decir, no es preocupante. En la vida se va a ver inmerso en grupos y más grupos humanos (el cole, las actividades extraescolares, las reuniones de familia o amigos…). Es cuestión de tiempo que se vaya abriendo al mundo exterior y perdiendo el miedo a introducirse plenamente en estos grupos. Como padres lo único que tenemos que hacer es respetar su ritmo y facilitarle contextos en los que existan grupos donde nuestro hijo pueda empezar a dar esos primeros pasos, por ejemplo: invitando a compañeros a casa, apuntándolo en todas las actividades y excursiones que haga falta...


En otros casos el problema suele llegar después, cuando ya salvada la barrera inicial de la vergüenza, se produce un ‘rechazo’ por parte del grupo debido a la forma de ser de nuestro hijo. Los niños sobredotados son líderes natos. Tienen una serie de características como su perspectiva a la hora de ver las cosas, su capacidad resolutiva, sus razonamiento lógico, su vocabulario, su capacidad verbal, su habilidad normativa para organizar y pautar las cosas, su creatividad, etc. que les hacen sentir la necesidad de manejar a los grupos en los que están inmersos, ya que están más capacitados para ser líderes que el resto. Sin embargo, poseer las características de un líder no implica que se sepa desarrollar el liderazgo. Y es ahí donde surge el problema. Tienen la CAPACIDAD, pero carecen de la HABILIDAD. Por eso son tan importantes las habilidades sociales para nuestros hijos, ya que no hay nada menos carismático que uno que quiere ser el líder y no para de "mangonear" a los demás. Como padres, debemos prepararlos desde pequeños para esa convivencia con los iguales, enseñándoles cosas tan esenciales como que no siempre se puede ganar en los juegos; que no siempre se puede jugar a lo que uno quiere; que si te niegas a hacer lo que a mí me gusta es muy probable que yo después me niegue a hacer lo que te gusta a ti; que las normas de un juego no pueden ir variando a mi antojo; que las cosas no se consiguen con cabezonería y pataletas; que además de hablar hay que escuchar a los demás… y todo un rosario de ideas básicas que son tan importantes para la familia como para los grupos de iguales, pero que a veces, por ‘comodidad’ (para evitar la enésima polémica del día) o por ‘saturación’ (no puedo estar en misa y repicando), pasamos por alto. Las habilidades sociales son la base para encauzar su capacidad de liderazgo y convertirlos en líderes populares y carismáticos, y esas habilidades sociales también se trabajan en el día a día desde casa.


Y por último, como no, también está el caso en el que es nuestro hijo el que rechaza a los grupos. Los niños con altas capacidades intelectuales suelen ser exigentes, especialmente con los demás. Tienen unas altas expectativas sobre las personas que forman parte de su círculo, y por eso es muy fácil que se enfaden o se sientan defraudados con ellas. Además, su manera de interpretar el mundo les hace muy difícil encontrar personas que encajen en el perfil de lo que ellos pueden llegar a considerar un ‘amigo de verdad’, ya que lo que ellos esperan o entienden por amistad es una elaboración mucho más madura que la que pueden hacer los niños de su edad. A medida que van cumpliendo años pueden llegar a establecer relaciones más equilibradas con compañeros mayores que ellos. Pero eso llega con los años, ya que de pequeños es muy difícil encontrar a alguien mayor que quiera ser su amigo. Como padres lo mejor que podemos hacer es desmitificar la amistad (cosa que no resulta nada fácil), quitarle importancia al concepto amigo y resaltar el valor de otras ideas como las de compañeros, colegas o conocidos, que sin llegar a ese nivel de perfección del amigo, nos pueden aportar muchas cosas buenas e interesantes. Con ellos, nuestro hijo puede aprender a ser más flexible a la hora de relacionarse; es decir, un ‘compañero’ puede ser una relación interesante para compartir las cosas del cole y las ‘aventuras’ que allí se viven pero no tiene por qué ser mi pareja ideal para jugar. Quizás ese papel lo desempeñan los ‘conocidos’ con los que coincido en la plazoleta. Y puede que haya un ‘colega’ con el que no juego, pero al que le cuento esas cosas que me preocupan y de las que necesito hablar (o puede que ese papel lo tengamos que desempeñar durante muchos años los padres o hermanos). Esta flexibilidad hace que las relaciones sean menos exigentes que la del amigo, y de este modo hay menos riesgo de que nuestro hijo viva con una sensación de insatisfacción social.


Esta insatisfacción que le producen los ‘amigos’ que no llegan a serlo, pueden llevarlos a relacionarse con aquellos que, como él, se mueven ‘al margen de la ley’; es decir, los que no están integrados en ningún grupo tienden a agruparse entre ellos. Y ahí surge otra de las grandes cuestiones asociadas a la amistad: ¿podemos, como padres, influir en el tipo de amigos que tiene nuestro hijo?


En primer lugar, como adultos deberíamos ser analíticos y observar la situación con perspectiva. Nuestro hijo tiene necesidad de establecer relaciones sociales con otros niños, y si a su ya limitado abanico le recortamos más varillas, va a acabar echándose aire con la mano. A la hora de decidir si un ‘amigo’ le conviene o no, debemos tener en cuenta las consecuencias reales de esa amistad. Si le afectan a su salud, a su estado de ánimo, a su rendimiento, a su comportamiento en familia o en el cole, a su equilibrio emocional… entonces debemos actuar. Pero si simplemente no me gusta ese ‘amigo’ pero no soy capaz de encontrar una justificación lógica, entonces debería preguntarme si no se trata de una proyección de mis prejuicios como persona y de mis miedos como padre.


Evidentemente, en el segundo caso lo mejor es no interferir sino dejar que la relación se desarrolle con normalidad. Eso sí, conviene no perder el seguimiento y la supervisión paterna de esa amistad, ya que de esa manera estaremos más tranquilos y al mismo tiempo estaremos alerta por si la cosa se torciera (ya que el ‘amigo’ no nos ofrecía mucha confianza). Pero es importante no olvidar esto: Nuestro hijo no tiene especial facilidad para establecer relaciones de amistad con otros niños. Este ‘amigo’ no me parece la mejor influencia para nuestro hijo, pero con todos sus defectos es el único que no ha rechazado (por el motivo que sea) a nuestro hijo, lo que automáticamente lo convierte en mucho mejor persona que todos los demás. Y por lo tanto merecedor de una oportunidad para seguir siendo ‘amigo’ de nuestro hijo. Además, no tenemos por qué ser negativos, y podemos en vez de ver al otro como una influencia negativa, ver que nuestro hijo puede convertirse en la influencia positiva que necesitaba su ‘amigo’.


Sin embargo, en el otro caso el tema es mucho más serio. Cuando un relación de amistad repercute en nuestro hijo negativamente debemos actuar pero, ojo, con mucha cautela. Sabemos que la prohibición por la prohibición de poco vale con estos niños, tienen que entender las cosas, verlas por sí mismos y convencerse de que algo está fallando y hay que enmendarlo. Si no es por ese camino, es muy difícil que podamos llegar a influir en sus amistades. Para ello, lo más eficaz es facilitarle nuevos contextos de interacción en los que pueda llegar a conocer a otras personas con otras actitudes y otras maneras de ser diferentes y más saludables desde nuestro punto de vista de adultos. Ejemplo de estos contextos pueden ser: actividades extraescolares y talleres (en las que ya hay un nexo de unión al tratarse de una afición o gusto común por la música, el atletismo, la astronomía o la actividad que sea), grupos de niños y jóvenes (por ejemplo scouts o actividades proyectadas por asociaciones como la nuestra), reuniones de familia o amigos (en la que los padres son los que quedan pero sirve de excusa para reunir a varios chicos de una edad similar y coinciden de manera frecuente en contextos diferentes como un cumpleaños, una excursión, la casa de alguno de ellos, la feria…)… Se trata de ser creativo, de ver las posibilidades de cada caso y de propiciar esos contextos, de manera que nuestro hijo se vea inmerso en ellos y poco a poco empiece a establecer vínculos con otras personas que lo alejen de las influencias negativas.


Si nuestro hijo es receptivo a esta técnica y admite el participar de estos nuevos contextos, debemos tener presente dos normas: la primera es que las medidas que pongamos en marcha nunca son inmediatas, necesitan su tiempo y no debemos forzarlas demasiado. La segunda es que no hay que comparar nunca a los nuevos ‘amigos’ con los antiguos. Nuestros hijos son listos y disfrutan de la rebeldía y del reto a los adultos, por lo tanto si detectan que nuestra intención es alejarlos de unos en favor de los otros, pueden reaccionar reforzando sus vínculos con aquellos amigos de los que los queríamos separar.


Pero ¿qué pasa si nuestro hijo no se muestra dispuesto a participar de estos nuevos contextos? En ese caso, aunque no es lo deseable, tenemos que forzar las cosas. Para ello, según la gravedad y la edad de nuestro hijo, se abre un extenso catálogo de posibilidades para hacer que contacte con nuevos grupos. Estas posibilidades van desde obligarlo a apuntarse en alguna actividad, argumentando la importancia de la actividad en sí misma (‘te obligo a apuntarte a la escuela de idiomas porque es muy importante para tu formación’ o ‘te obligo a apuntarte en una actividad deportiva porque es bueno para tu salud’), hasta las medidas más radicales como pueden ser el cambio de centro educativo (resetear el sistema: rompiendo con todas sus relaciones anteriores lo obligamos a empezar a construirlas de nuevo). Eso sí, la premisa de no justificar nuestra actuación por causa de los ‘amigos’ que suponían una influencia negativa sigue en pie. Cuanto más hablemos de esos ‘amigos’ (lo malos que son y lo poco que nos gustan) más interés y más poder de atracción les damos sobre nuestro hijo.


En relación con este tema de las amistades, fueron surgiendo a lo largo de la sesión algunas ideas que también merece la pena reflejar aquí:


- Las palabrotas: ¿Es malo que las digan? ¿cómo podemos frenárselas? Evidentemente no está bonito que nuestros hijos digan palabrotas, especialmente si todavía son pequeños. Pero no podemos perder la perspectiva de que las palabrotas están en la calle y por lo tanto es normal que las oigan e incluso que las usen. Sobre todo porque son palabras tabú, que están vetadas por los adultos, y como tal se convierten en palabras muy atractivas para cualquier niño. Ahora bien, ¿qué es lo que realmente nos debe preocupar de las palabrotas? Son palabras que nosotros le hemos dicho que no diga, así que lo realmente importante es que no las diga delante de nosotros o en contextos inapropiados (como por ejemplo el cole). Si nuestro hijo coquetea con las palabrotas en la calle, pero luego no las dice en casa, ni al abuelo, ni en el cole, ni en las actividades de la tarde… nuestro hijo nos respeta y sabe respetar a los demás, y eso es lo que verdaderamente nos debe importar. No debemos olvidar que nosotros también hemos sido niños y que cuando teníamos la edad de nuestros hijos, también nos daba morbo decir esas palabras prohibidas por los mayores, por lo tanto es demasiado pretencioso intentar que nuestro hijo no diga las palabrotas que dicen (decimos o hemos dicho) todos.


- La soledad: Hablamos de amigos, pero hay muchas ocasiones en las que nuestros hijos se quedan solos ¿qué hay que hacer ante eso? En principio, no hay que hacer nada. Siempre insistimos en una misma idea: nuestros hijos son muy diferentes al común de los niños de su edad. Dentro de esas características (muchas de ellas propias del mundo adulto) está el gusto por la soledad. No es que sean huraños, sino que igual que necesitan de las relaciones sociales, también necesitan de sus ‘momentos personales’, y eso no es malo. La soledad, cuando es buscada y deseada, es algo muy positivo para ellos; por tanto, antes de preocuparnos, debemos averiguar si esos momentos de soledad son libres o forzados. En caso de ser forzados podemos poner en marcha el mecanismo del que hablábamos antes: facilitar contextos y experiencias comunes con otros niños.


- El esfuerzo: ¿Cómo podemos conseguir que nuestros hijos valoren el esfuerzo? Sinceramente, no se puede conseguir. A los padres nos parece terrible que nuestros hijos se acostumbren a conseguir las cosas sin esfuerzo, pero eso es algo maravilloso. El ser humano valora el esfuerzo, porque el común de los mortales necesita esforzarse para conseguir las cosas; pero ellos, de momento, no lo necesitan. Por lo tanto, cómo van a valorar algo que ellos no necesitan. La pregunta siguiente es: ¿qué pasará el día que tengan que esforzarse para conseguir algo? ¿serán capaces de hacerlo o fracasarán en el intento? Si no se han esforzado es porque no les ha hecho falta, el día que lo necesiten por supuesto que lo van a hacer. La única manera en que uno puede aprender a esforzarse es esforzándose, por lo tanto es algo que aprenderán a hacer cuando lo necesiten. Hasta entonces, lo que han aprendido a hacer es a encontrar otros caminos para conseguir las cosas (sin esfuerzo) y a renunciar a cosas que les gustan por no haberse esforzado (esos famosos castigos que a veces nos empeñamos a poner los padres a un hijo que no quiere estudiar cuando tanto él como nosotros sabemos que sin estudiar saca un 10). Encontrar caminos más fáciles y ser capaz de renunciar a cosas son virtudes tan importantes o más que el esfuerzo (por lo menos en el caso de nuestros hijos).


Una imagen gráfica sobre el esfuerzo puede ser la de un autobús en el que tenemos que montarnos cada mañana.Si llego tarde a la parada tendré que correr (esforzarme) para que no se me vaya el bus, pero si llego temprano sería absurdo ir corriendo (¿para qué serviría ese esfuerzo inútil?). Y aun así, hay algunas veces que sé que podría alcanzar el autobús corriendo, pero también sé que puedo coger un taxi o esperar al siguiente…


De los temas que se habían propuesto para tratar en esta sesión de la Escuela de Padres solo nos dio tiempo a abordar este de las amistades, ya que resultó muy interesante. Quedaron pendientes, el tema del ‘Aburrimiento vital’ que a veces parece asaltar a nuestros hijos y el de ¿Cómo reforzar su Autoconcepto y su Autoestima de manera saludable? Estos temas serán los que tratemos inicialmente en la próxima sesión del viernes 27 de Mayo, que tendrá lugar como siempre en el aula 20-B de la Facultad de Ciencias de la Educación a partir de las 17:30 horas.


Si alguno de vosotros quiere plantear alguna otra temática de interés, puede hacerlo añadiendo un comentario a continuación.