Empezamos el tercer trimestre con un tema delicado: la lucha de poder que nuestros hijos mantienen con nosotros. En primer lugar hay que aclarar que no se trata de un rasgo único ni distintivo de los niños con sobredotación. Todo hijo siente la necesidad biológica de enfrentarse a sus padres, de superarlos. Es el camino de la evolución personal hacia la madurez. Mientras que, normalmente, el momento vital en el que un hijo se enfrenta a sus padres es durante la adolescencia, en nuestro caso (y eso sí es peculiar en nuestros hijos) eso ocurre mucho antes. El motivo es que, en los niños con sobredotación, las características psicológicas que justifican las actitudes rebeldes de los adolescentes están presentes desde la más tierna infancia, por lo que se podría decir que nuestros hijos son adolescentes precoces.
Pero llama la atención que nuestros hijos suelen ser más incontrolables (más adolescentes precoces) cuando se encuentran en el ambiente familiar. Es muy común que en otros ambientes sea un niño que se sabe comportar (todo lo bien que se puede comportar un niño), que respeta a los demás y que no actúa de manera agresiva. Entonces, ¿Por qué se muestra tan rebelde en casa? La respuesta es bien sencilla: en casa, es decir, en su entorno familiar, se unen al menos tres factores determinantes:
1. Con mi familia no tengo por qué aparentar. Si fuera de casa nuestro hijo diera rienda suelta a sus impulsos, correría el riesgo de ser rechazado por los demás (nadie quiere como amigo al protestón que siempre quiere llevar la razón). Que se comporte de forma más correcta en otros entornos donde no estamos nosotros presentes, nos indica la capacidad de adaptación que tiene nuestro hijo, que es capaz de ajustar su manera de actuar al entorno con el que está interactuando. En el ámbito familiar nuestro hijo se siente suficientemente integrado y respaldado para expresarse con libertad, sin necesidad de reprimir sus impulsos, ya que por muy feas que se pongan las cosas, sabe que sus padres siempre van a ser sus padres; un amigo puede dejar de serlo, pero unos padres son para toda la vida. No es que en la calle se porte mejor, es que en casa tiene la suficiente confianza como para expresar las cosas tal y como las siente, sin necesidad de ser 'políticamente correcto'.
2. Quiero ser el protagonista. La mayoría de las cosas que hace nuestro hijo estando nosotros presentes tienen por objetivo llamar nuestra atención. En otras ocasiones hemos hablado de lo importante que es para nuestros hijos sentir que le prestamos el máximo de atención posible y de cómo, a veces, generar una discusión o motivar una regañina no son ni más ni menos que estrategias para conseguir que dejemos de hacer lo que estamos haciendo y le prestemos toda nuestra atención.
3. Los padres representan la máxima autoridad para un niño. Aunque a veces nos pueda parecer que los maestros (especialmente los tutores) son para nuestros hijos el más alto nivel de jerarquía de la autoridad, desde el punto de vista de los hijos, sus padres son siempre el estamento superior. Evidentemente, las relaciones que se establecen son diferentes, y de ahí el equivoco, pero el 'poder' del maestro se limita a un ámbito concreto, a una parcela limitada de sus vidas, mientras que la sombra de los padres es más alargada. Los padres ejercen control (o influencia) sobre todos los aspectos de la vida de un niño. No hay nada que puedan decidir que no esté sujeto al derecho a veto que tienen los padres.
Por todo esto, debemos entender que los retos a los que nos somete nuestro hijo (por muy difícil de manejar que sea) forman parte de la normalidad. Una vez asumido esto, el problema al que nos enfrentamos es cómo actuar ante estos retos. Como todos sabemos, no existen recetas mágicas. No hay un único mecanismo que poner en marcha, sino que tenemos que fabricar nuestras propias estrategias, que estarán en función de las características de nuestro hijo, de nuestras propias características como padres y de la situación concreta que se haya producido. Ahora bien, lo que sí tenemos que tener presente es que la mejor forma de enfrentarnos a esta lucha de poder es el autocontrol.
Somos adultos, somos maduros, somos el espejo en el que se miran nuestros hijos, por lo tanto no podemos ser histéricos compulsivos que a la primera de cambio perdemos los papeles. No se trata de ser pacientes en el sentido de esperar indefinidamente aguantando el chaparrón de nuestro hijo. Se trata de ser conscientes de que nuestro hijo nos está poniendo a prueba (aunque sea de manera inconsciente), de saber que estamos librando un mano a mano en el que no se trata de ganar a toda costa, sino de ver las cosas con perspectiva, a largo plazo. Si ante una 'provocación' de mi hijo zanjo el tema con un grito y un castigo, estoy ganando la batalla, pero no la guerra. Mi hijo me ha sacado de quicio, con una única acción ha conseguido sobrepasar mis límites, a hecho que mi talante educativo y dialogante se diluya, que el adulto maduro y sensato no sea capaz de controlar la situación ni de controlarse a sí mismo. En una situación así, mi hijo ha conseguido ser él el que domina, el que ejerce influencia sobre mi, el que tiene el poder.
Por eso, frente a un reto planteado por mi hijo es fundamental mantener el autocontrol para poder controlar la discusión. Para esto, lo mejor es ser siempre consciente de lo que está pasando: mi hijo me está retando y es normal que lo haga; yo soy el adulto y, por lo tanto, el que debe aportar la sensatez. Lo que busca es llamar mi atención, aunque sea de modo negativo. Instintivamente quiere superarme, ser más listo-poderoso que yo... Si soy capaz de planteármelo así, de mentalizarme que no se trata de discusiones aisladas sino que es un proceso complejo y natural, puedo tener la suficiente perspectiva para ver las cosas desde otro punto de vista, con la superioridad que da el ser adulto y saber lo que está pasando.
De este modo puedo ser paciente y condescendiente con mi hijo, no para consentirlo, sino para 'enfrentarme' a él con la actitud propia de una relación jerárquica en la que no discutimos de igual a igual, sino que yo siempre veo las cosas desde un punto de vista más elevado, más a largo plazo. Lo que importa no es el tema sobre el que estamos discutiendo (que pueden ser cosas sin la menor importancia real) lo importante es la discusión en si misma y si somos o no capaces de manejarla. Y para eso debemos mantener la cabeza fría y no perder la perspectiva de quien es el adulto. Para no dejarnos llevar por la tensión de una discusión nos pueden ayudar herramientas como:
- Buscar un 'juez o arbitro'. Alguien o algo que sea objetivo y que pueda aportar el punto de vista o la información necesarias para llegar a conclusiones. Por ejemplo, otra persona que no estuviera presente en la discusión inicial o la información que nos puedan aportar libros o Internet.
- Aplazar la conversación. Hasta que las dos partes recuperen la serenidad no merece la pena seguir discutiendo, porque estamos nerviosos. No se trata de 'me voy' o 'te vas', sino de justificar que con tanta tensión no merece la pena seguir hablando, que luego retomamos el tema.
- Reconocer errores y aciertos (tanto los propios como los de mi hijo). Suele rebajar mucho la tensión otorgar alguna parte de razón en los argumentos del otro y más aún reconocer algún fallo en los planteamientos personales.
- Desviar el tema hacia aquellos aspectos que nos interesan realmente. La discusión se me va de las manos porque mi hijo es quien la dirige, él 'ataca' y yo me 'defiendo'. Podemos cambiar las tornas planteando a mi hijo un análisis de la situación más allá del tema que se está discutiendo en ese momento. Por ejemplo: “a mi no me importa quién tiene razón lo que me preocupa es que... llevas tres días seguidos discutiendo conmigo por cualquier cosa/últimamente te peleas mucho con tu hermano/siempre que empezamos a hablar me acabas gritando...”
Evidentemente, existen momentos en los que no podemos permitirnos el lujo de discutir con nuestros hijos (nuestra vida lleva un ritmo que no podemos controlar a nuestro antojo). Ahí no nos queda más remedio que recurrir a la imposición directa e inmediata. Pero como ya hemos comentado en otras ocasiones, se trata de detectar las oportunidades. Cuando no puedo, no puedo y punto. Es irreprochable, nadie me puede censurar que en un momento determinado haga uso de un grito o un castigo. Ahora bien, cuando las circunstancias me lo permiten, debo ser capaz de darme cuenta de la oportunidad y desarrollar toda esa gama de estrategias que voy creando con la finalidad de educar a mi hijo para que llegue a ser un adulto maduro.
Como siempre, en la sesión de la Escuela de Padres, al margen del tema principal se abordaron otros muchos temas de interés. Estas son algunas de las ideas que se plantearon:
- ¿Debería mi hijo ser más prudente y callarse muchas de las cosas que piensa? Evidentemente forma parte de las habilidades sociales saber qué cosas se deben decir con más tacto, o incluso evitar decirlas, pero eso es algo que todos hemos aprendido con los años. Nadie nace siendo un experto en relaciones sociales, sino que es la experiencia la que nos dicta con qué debemos ser más prudentes al hablar. Por nuestra parte, como padres, siempre debemos insistir a nuestro hijo en la importancia de no herir a los demás con nuestras palabras, ya que existen formas de decir lo que pensamos sin ofender ni molestar a nadie. Pero, bajo ningún concepto deberíamos decir a nuestro hijo que no diga lo que piensa. Que lo diga de manera correcta, pero que lo diga, porque, de lo contrario, lo que le estamos diciendo es que no sea sincero, que no exprese sus opiniones, que no defienda sus derechos, que renuncie a sus ideas... en definitiva, que no sea él mismo.
- Mi hijo no estudia, nunca va a tener hábito de estudio. No es que no estudien, es que lo hacen de otra manera. Del mismo modo que nuestros hijos no necesitan hacer las 20 cuentas de sumar que le manda el maestro al resto de la clase (porque ellos ya saben), tampoco necesitan estudiar al estilo tradicional. Es curioso que, como padres, enseguida nos damos cuenta que en el colegio nuestro hijo necesita adaptaciones, porque su aprendizaje se desarrolla de otra manera; sin embargo, en casa queremos que estudie como lo hace 'todo el mundo'... ¿qué pasa? ¿es que para estudiar nuestro hijo no necesita las adaptaciones? Si su aprendizaje es diferente su forma de 'estudiar' también debe serlo y eso debemos entenderlo y respetarlo. Lo fundamental en este caso es que aprendamos a confiar en nuestro hijo y que si él nos dice que ya se sabe la lección, lo aceptemos. Motivos más que de sobra tenemos para confiar en nuestros hijos a nivel académico, ya que las notas respaldan su forma de 'estudiar'. Ahora bien, si en algún momento se produjera alguna bajada de notas significativa sería mi momento (una vez más la oportunidad) para hablar con él sobre el tema y proponerle (o exigirle) otro sistema alternativo de estudio. Pero mientras los resultados sean positivos, deberíamos esforzarnos en confiar en nuestros hijos. Ellos lo van a agradecer.
Además, en relación con esto, está el tema del fracaso y la frustración. Nos preocupa que nuestro hijo sea un mal perdedor cuando jugamos con él y que no acepte el fracaso, pero en cambio, en el ámbito escolar, no lo dejamos cometer ni un solo tropezón y nos esforzamos día tras día en que lleve la tarea hecha y que re-estudie lo que ya se sabe antes del examen. Si queremos que nuestro hijo aprenda a tolerar la frustración y a aceptar la derrota (el fracaso), no le vendría mal tropezarse de vez en cuando y tener que esforzarse para enmendar sus errores (examen con menos nota de la deseada, bronca del profesor por no traer la tarea...).
- "¿Obligaciones? -No, gracias". Qué difícil es conseguir que nuestros hijos hagan algo en casa. Que recojan sus cosas, que ayuden a poner la mesa... Normalmente el problema reside en el planteamiento. Nuestros hijos son rebeldes por naturaleza y detestan las imposiciones. Si en lugar de pretender que hagan cosas en casa porque se lo decimos nosotros, somos capaces de “pedirles ayuda” para realizar determinadas tareas, es muy probable que se muestren más dispuestos. Especialmente resultará efectivo, si las tareas domésticas se presentan como un trabajo en equipo, ya que no debemos olvidar que a nuestro hijo le gusta estar con nosotros, que le prestemos atención y que hagamos cosas juntos.
La próxima sesión de la Escuela de Padres será el viernes 7 de Mayo a las 17:30, como siempre en el aula 20-B de la Facultad de Ciencias de la Educación. En este caso, vamos a probar algo nuevo. En lugar de determinar de antemano el tema a tratar en la sesión, os invito a añadir un comentario a continuación de esta entrada del blog proponiendo el tema que os gustaría abordar. Seguro que hay cosas que os interesan o preocupan y aún no hemos planteado. No importa que no seas de los que asisten normalmente; sería una buena manera de aportar tu granito de arena sugerirnos un tema de análisis.
Para cualquier duda o consulta disponéis del Foro de ASUC o podéis mandar un correo a jesusgarciagallardo@gmail.com



Tema propuesto: relación con hermanos. Como hacer que entienda que al hermano hay que también atenderlo y también necesita ser protagonista
ResponderSuprimirA veces los adolescentes se echan novia, o novio, y a continuación se produce una bajada de notas (por ejemplo pasar de una media de excelente a una media entre 7 y 8). ¿Vuelven a recuperar sus notas habituales? ¿Es preciso sancionarlos hasta que las recuperen?
ResponderSuprimirUna madre
hermoso lo que hacen y me encantaría concurrir pero creo que estoy lejos buenos aires argentina . pero buscare aquí ayuda la necesito no digo que me supere lo de mi hijo, que es tal cual la nota , sino, que no quiero que nasca en el futuros sentimientos , negativos en su vida los seguire y un tema que tambien me preocupa es el mal trato a sus hermanos pequeños , a veces pienso que no los quiere , creo que no es así gracias por compartir con papas que no sabemos como llevar esta edad tan linda y especial de nuestros hijos laura de argentina
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