En la última sesión del trimestre quisimos analizar la capacidad que tenemos para entender a nuestros hijos y para hacernos entender por ellos. En general, creemos que la conexión que existe entre nosotros y nuestros hijos es buena, pero hay una par de puntos de interés que vale la pena analizar.
El principal factor que nos puede hacer dudar de la comprensión que tenemos de nuestros hijos y su mundo es el dichoso síndrome de disincronía (conductas intelectuales propias de adultos frente a niveles de maduración infantiles). Podemos llegar a creer que no entendemos a nuestro hijo cuando su manera de actuar cambiante nos deja fuera de juego. Tan pronto tengo que hacer un esfuerzo para razonar con él como un adulto, como me veo riñéndole por una tontería propia de un bebé; esto no sólo es frustrante, sino que nos hace caer en un pozo de sensaciones en el que la idea de fondo siempre es la misma: 'cada vez entiendo menos a mi hijo'.
Sin embargo, realmente sí entendemos lo que hace nuestro hijo y por qué lo hace. Sabemos que posee una serie de características que justifican esas conductas, así que debemos desterrar el pensamiento del 'no lo entiendo'. Sabemos por qué actúa indistintamente como un adulto o como un niño pequeño; ahora lo que tenemos que hacer es mentalizarnos de que ésa es su realidad y aprender a convivir con ella de la manera más saludable posible.
Una de las claves puede estar en las expectativas (o exigencias, según se mire). Si nos desorientan tanto los cambios de nivel de nuestro hijo (madurez-infantilismo) es porque cuando nos relacionamos con otras personas, de manera inconsciente tendemos a evaluarlas, a analizarlas para saber cómo son y así clasificarlas en nuestro esquema mental. Si alguien te pregunta sin previo aviso con quién dejarías a tus hijos para que los cuidara mientras tu no estás, inmediatamente te vendrán a la cabeza algunos nombres (los que has clasificado en tu mente como capaces, como responsables); sin embargo, hay otras personas con quien no dejarías a tu hijo aunque se ofrecieran voluntarias, porque tus expectativas sobre ellas son negativas. Pues eso mismo ocurre con nuestros hijos. En nuestra relación diaria vamos construyendo nuestro análisis mental, y por lo tanto vamos generando unas expectativas sobre él; entonces, de repente nuestro hijo empieza a actuar de manera infantil y todo nuestro esquema mental se derrumba en cuestión de segundos. Es en ese momento cuando surgen los pensamientos de 'yo no entiendo a mi hijo', porque acabo de perder toda la construcción mental que me había hecho sobre él.
Por eso es fundamental que seamos capaces de incluir su disincronía en nuestras expectativas. Como padres sabemos que nuestro hijo posee esa característica que le hace bailar entre un nivel muy alto y muy bajo de madurez; por lo tanto tenemos que ser plenamente conscientes de ello y no dejarnos sorprender por sus cambios de nivel, ya que esperamos que éstos ocurran. Evidentemente no son plato de buen gusto, y nos costará reaccionar ante ellos, pero la clave está en conocer a nuestro hijo. Si yo sé que mi hijo tiende a expresar sus emociones llorando, no me puede extrañar que estando alegremente en el parque de pronto se ponga a llorar, porque sé que es propio de él. Del mismo modo, si sé que mi hijo se mueve en dos niveles (madurez-infantilismo) no debería sorprenderme que salte de un registro al otro, porque sé que él se expresa a través de ambos.
Si somos capaces de asumir esto, seguramente reaccionaremos de manera más controlada ante los cambios de nivel de nuestro hijo, con lo que al estar más serenos, al ser más dueños de la situación, podremos dominar el momento para interactuar con nuestro hijo, de modo que poco a poco le vayamos enseñando las formas correctas de actuar y de este modo le ayudaremos mejor a conocerse y a evolucionar.
Otro asunto interesante cuando hablamos de entender a nuestro hijo es el de la identificación que podemos llegar a sentir con su punto de vista. Nuestros hijos son fabulosos argumentadores. Se les da estupendamente bien convencer a los demás de que las cosas son como ellos dicen y, por supuesto que nosotros, por muy padres que seamos, no estamos a salvo de esta capacidad de nuestros hijos. Especialmente porque jugamos con la desventaja de que nosotros queremos entender a nuestros hijos, empatizar con ellos, y eso nos sitúa en una posición en la que es muy fácil que nos lleven a su terreno. Cuando las discusiones tratan sobre asuntos domésticos, solemos ser más inflexibles, porque en ellos la autoridad somos nosotros y tenemos muy claro cómo son las cosas y cómo deben ser. Sin embargo, cuando el ámbito de la conversación nos lleva más allá de casa (las injusticias del mundo, el cole, las actividades extra-escolares, los niños del patio...) podemos llegar a experimentar una sensación muy amarga, porque entendemos que los argumentos de nuestro hijo son razonables, sentimos que tienen razón y caemos en la tentación de verlos como victimas de las injusticias, tal y como se ven ellos.
Entender a nuestros hijos es fundamental para ellos y para nosotros, pero convertir nuestro punto de vista en el suyo no es en absoluto útil para ninguno de los dos. Desde nuestra posición de padres tenemos el privilegio de que nuestros hijos nos cuente algunas cosas en busca del consuelo y el apoyo que no encuentran en otro sitio (incluso a veces lo que buscan en que le solucionemos la papeleta con el poder que nos confiere ser padres y ser adultos). Mostrarnos comprensivos con él y su problema, llegar a entender realmente su punto de vista es muy importante para nuestro hijo y para fortalecer su relación con nosotros, pero si nos quedamos en eso estamos haciendo una labor incompleta. Una cosa es entender lo que le ha pasado a nuestro hijo y otra muy distinta vivirlo como él lo vive, con la misma carga de frustración, de agobio, de enfado... Lógicamente nos tienen que afectar las cosas de nuestros hijos, pero no cegarnos. Somos adultos y sabemos ver las cosas a largo plazo, tenemos la experiencia suficiente para saber afrontar los problemas de manera más saludable. Yo entiendo a mi hijo, pero también entiendo el mundo en el que vivimos y lo complejas que llegan a ser las relaciones sociales, y eso no se me puede olvidar cuando estoy 'entendiendo' a mi hijo. Si me identifico tanto con mi hijo que me limito a ver las cosas desde su punto de vista y a sufrirlas como él las sufre, corro el riesgo de no poder enseñarle a mi hijo nada en esa situación, de no poder sacar partido de las cosas que le pasan para que aprenda una lección de ellas. Ya lo comentábamos en otra ocasión: todo lo que le ocurre a mi hijo (positivo o negativo) es una oportunidad educativa. Si yo me quedo en el papel de sufridor al lado de mi hijo, quizás llegue a consolarlo, pero poco más. Sin embargo, si hago valer mi posición de adulto y soy capaz de ver un poco más allá, puedo convertir el problema en una oportunidad y sacar provecho de ella.
Un ejemplo claro de esto se presentó durante la sesión. Un niño con muy buenas notas en los exámenes (nueves y dieces) al recibir el boletín descubre que la nota final es un 6, supuestamente por mal comportamiento. Evidentemente, el niño se indigna, es una injusticia, se siente maltratado por el maestro... Como padres, podemos entender a nuestro hijo, incluso podemos llegar a pensar que la bajada de la nota ha sido exagerada, que nuestro hijo se va a sentir tremendamente desmotivado, pero frente a esta situación aparentemente perjudicial podemos ver una oportunidad. Nuestro hijo va al cole a aprender, no solo a sumar y restar, sino también a relacionarse, a convivir, a comportarse... de modo que de esta historia podemos sacar una lectura positiva, si no nos vence la pasión por nuestro hijo y mantenemos la perspectiva de un adulto y de un proceso educativo a largo plazo. Mi actitud frente a esta situación puede evolucionar desde ese primer momento de comprensión y apoyo a mi hijo, a una segunda etapa en la que convenzo a mi hijo de la importancia de saber comportarse en los sitios, de cómo en el próximo trimestre tiene que esforzarse para que no le quiten puntos, no necesariamente justificando al maestro; si hace falta lo podemos poner como el malo de la película, pero sabiendo que es él el que pone la nota. Por lo tanto tengo que transmitir a mi hijo el mensaje de que es a él al que tiene que convencer para que le ponga mejor nota, sería como una especie de reto. Si finalmente nuestro hijo supera el reto y, además de seguir sacando buenas notas en los exámenes, se esfuerza en que no le resten puntos por mal comportamiento y la nota del boletín mejora, habremos conseguido algo muy positivo de un acontecimiento aparentemente negativo. Es una cuestión de perspectiva, de ver las cosas a largo plazo y de entender cada suceso como una oportunidad.
Además del tema principal del día, se abordaron multitud de cuestiones que fueron surgiendo a lo largo de la sesión, aunque algunas de ellas ya fueron tratadas en sesiones anteriores. Presentamos aquí una breve referencia a ellas:
- Cosas en común con los demás: muchas veces, nuestros hijos no participan en ciertos juegos o actividades muy populares entre otros niños porque su timidez, su vergüenza o su miedo al ridículo, les hacen que las rechacen. Prefieren la seguridad de aquellas actividades que saben que se les dan bien o aquellas en las que al menos no van a destacar por abajo. Frente a esto, podemos ayudar a nuestro hijo invitándolo a participar en esas actividades gradualmente. Por ejemplo, si la bicicleta se le resiste, es normal que no quiera montar en bici delante de otros niños porque se podrían burlar de él y ya sabemos lo sensibles que son nuestros hijos. En cambio, si organizamos una actividad con bicis en familia, o con otros niños que no sepan montar (aunque sean menores que el nuestro) eliminamos el factor vergüenza y le estamos dando pie a que se suelte en una actividad que más adelante puede llegar a compartir sin miedo con otros niños de su edad.
- Saber perder: como ya hemos comentado otras veces, solo existe una receta para aprender a perder: a perder se aprende perdiendo. Si queremos que nuestro hijo afronte la frustración, debemos enfrentarlo a ella. Ya está bien de dejarlo ganar o de permitirle que cambie constantemente las reglas de los juegos para alzarse con la victoria. Si se enfada, que se enfade, tarde o temprano volverá a pedirnos que juguemos con él, porque las ganas de jugar serán más fuertes que el enfado por haber perdido. Otra ayuda interesante para favorecer el proceso de aprender a perder es la participación en actividades extra-escolares deportivas. Estas actividades suelen trabajar en dos dimensiones, la colaboración (al tratar se un equipo) y la competición (donde no todos pueden ganar). Además si la actividad es la apropiada es un hervidero de nuevas relaciones y amistades y una manera divertida de hacer ejercicio físico.
- Llamadas de atención dolorosas: la mejor manera de ejercer control sobre unos padres es a través del dolor. Cuando un hijo está enfermo es muy difícil (por no decir imposible) mirar para otro lado. Nuestros hijos lo saben y lo usan. Existen muchos casos en los que son simples teatros para tenernos encima suya, otras veces, su sugestión les puede llevara a somatizar algún tipo de patología leve (dolores de cabeza, nauseas, enuresis...). El problema es que si caemos en la trampa lo que hacemos es fomentar la conducta. Si le duele la cabeza o la barriga a menudo, hay que llevarlo al médico, y si no tiene nada, tenemos que dejar de atenderlo, porque mientras que siga funcionando, seguirá haciéndolo. Podemos mandarlo a la cama si le duele algo y nosotros seguir a lo nuestro, a ver cuanto tarda en quererse levantar al verse sólo y aburrido en su cuarto.
- ¿Nuestros hijos se portan mal en clase?: no. La respuesta es así de sencilla. No es que se porten mal, es que están desatendidos y cualquier niño desatendido busca atención. El colegio no está diseñado para atender a sus necesidades y por tanto nuestros hijos pueden parecer entrometidos, preguntones, inquietos, cotillas, charlatanes, pedantes... pero el problema no es de ellos, es de la escuela, lo que pasa es que los que sufren las consecuencias sí son ellos. Sin embargo, como decíamos antes, en el cole también se aprende a convivir y a relacionarse, por lo tanto, es importante que nuestros hijos desarrollen su capacidad de adaptación. La escuela puede llegar a ser un medio hostil, pero si nuestro hijo aprende a adaptarse a él estará preparándose para entrar en otro medio mucho más duro, el mundo adulto. Eso si, aclarar que adaptarse al medio no es lo mismo que renunciar a ser tú mismo. Significa que me conozco a mi mismo y la sociedad lo suficientemente bien como para saber donde puedo expresarme con más libertad y donde debo evitar ciertas cosas. Esa es la adaptación que necesitan desarrollar nuestros hijos.
- Dependencia familiar: a veces nos puede dar la sensación de que nuestros hijos no son capaces de dar un paso sin nosotros, que están tan solos que nos necesitan constantemente y que eso no es bueno para ellos. No se trata de una dependencia tal y como la podemos entender normalmente. Nuestros hijos lo que necesitan es compañía, y normalmente la encuentran en nosotros, pero eso no quiere decir que sean dependientes. Es normal que en casa traten de llamar nuestra atención, porque somos los que estamos allí. Sin embargo, el fin de semana pasado tuvimos la oportunidad de vivir en primera persona el mejor ejemplo de que no es una cuestión de dependencia de papa y mama. En la excursión que realizamos a Córdoba, si fueran niños dependientes habrían estado cada uno pegado su familia, sin embargo, en este contexto la compañía que buscaban era otra, la de sus amigos, y de repente los padres ya no eran la figura de interés. Así que no se trata de dependencia, sino de gusto por sentirse acompañado, y eso además de ser bueno, derrumba el mito de que nuestros hijos son solitarios y huraños.
Con esto damos por finalizado el 2º trimestre de nuestra Escuela de Padres. Nuestra próxima cita será el viernes 16 de Abril a las 17:30, como siempre en el aula 20-B de la Facultad de Ciencias de la Educación. En esta ocasión el tema con el que iniciaremos la sesión será: LA LUCHA DE PODER QUE NUESTRO HIJO MANTIENE CON NOSOTROS. Trataremos de analizar por qué se produce y cómo podemos controlarlo. Para ello sería interesante que trajéramos de casa pensados diferentes ejemplos de cómo nuestro hijo nos reta y se enfrenta a nuestra autoridad, desde la confrontación directa hasta las formas más sutiles.
Para cualquier duda o consulta disponéis del Foro de ASUC o podéis mandar un correo a jesusgarciagallardo@gmail.com
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