lunes 31 de enero de 2011

Poner límites

Retomamos nuestra Escuela de Padres con uno de los temas que quizás más nos preocupan: ¿cómo evitar que nuestros hijos se nos suban a las barbas?
Partimos de la base de que nuestros hijos son retadores natos, que para ellos cualquier conversación es una ocasión para salirse con la suya y “ganarnos la partida”. Por ello, es normal que a veces tengamos la sensación de que están esperando cualquier oportunidad para provocar un conflicto padre-hijo, aunque el motivo de dicho conflicto sea un asunto sin la más mínima importancia, o incluso algo que nada tiene que ver con la conversación original, pero que ha ido degenerando y pasando por varios temas hasta convertirse en una disputa en toda regla.
Ante esta “actitud retadora” de nuestros hijos, debemos tener claras dos cosas: la primera es que esto es algo normal en los niños que tienen altas capacidades; por lo tanto, no debemos alarmarnos ni creernos que existe algún tipo de desajuste en nuestra familia. La segunda, es que aunque sepamos y aceptemos que es algo que entra dentro de la normalidad, no podemos permitir que afecte a nuestra dinámica familiar y a nuestra propia salud mental como padres, así que tenemos que plantearnos una estrategia de actuación frente a esos retos.
Estrategias para poner límites a la “actitud retadora” hay muchas. Ninguna es por naturaleza mejor que la otra, ya que no existen recetas mágicas universales que siempre funcionen en todos los casos. Cada familia es diferente y cada niño también. Por eso, lo más interesante es ir probando diferentes medidas hasta dar con la que nos resulte más efectiva.
Algunas de esas estrategias o medidas para poner límite a nuestro hijo y así evitar esas discusiones eternas en las que acaban sacándonos de quicio, pueden ser:
- La ignorancia. Si llega un punto en el que creo que la conversación ya no puede ser reconducida, desde la madurez que me da ser el adulto debo hacer un esfuerzo por serenarme, en lugar de perder los nervios. Una vez sereno, tengo que hacer saber a mi hijo, de buenas maneras, que la conversación no puede seguir por la razón que sea (‘estamos demasiado nerviosos’, ‘estas levantado la voz’, ‘nos hemos desviado del tema’…) y, desde ese momento, debo tener suficiente sangre fría para desconectar de lo que diga mi hijo e ignorar sus provocaciones. Puede servir de ayuda el repetir una frase una y otra vez para que vea que nos mantenemos firmes (‘no voy a seguir discutiendo’, ‘vete a tu cuarto’, ‘estoy ocupado’…). Se trata de dejar claro que ya no vamos a entrar al trapo y para ello es fundamental expresarnos con el mayor desinterés posible, sin mostrar nervios o pérdida de paciencia, porque en ese caso la medida no será efectiva.
- Como complemento a esta estrategia de “ignorar a nuestro hijo”, debemos aplicar otra, la de retomar la conversación cuando ambos estamos serenos y en condiciones de afrontarla sin estrés. No importa cuánto tiempo necesitemos, no tiene por qué ser algo inmediato, pueden incluso haber transcurrido días desde que cortamos la discusión. El caso es que seamos capaces de retomarla, no desde el punto conflictivo en el que decidimos frenarla, sino desde el punto que a nosotros como adultos nos parece interesante. Antes de retomarla, también debemos tener en cuenta qué es lo que nos interesa aclarar de ese tema, para que no se nos vuelva a ir de las manos y podamos plantear la conversación yendo directo a lo que nos interesa. Además, también es interesante hacer examen de conciencia y analizar los motivos que llevaron a cortar la discusión, reconociendo los errores propios y manifestando los de nuestro hijo, no como un ataque, sino como algo que impide que os comuniquéis con normalidad.
- La radicalidad. Otra manera de fijar los límites a nuestro hijo es ser más radical y no dejarle pasar una. No se trata de estar todo el día riñéndole y gritándole, simplemente es cuestión de estar atento a cómo nos plantea las cosas, a cómo actúa. Normalmente, los padres solemos percibir cuándo nuestros hijos están más alterados, más provocadores. Se puede decir que los vemos venir, y a pesar de eso muchas veces nos sorprenden y nos acaban descontrolando. En este caso se trataría justo de saber reaccionar ante esas señales que percibimos y que nos alertan de los posibles conflictos. Si sé que mi hijo está “como una moto”, es muy probable que a lo largo del día acabe surgiendo una discusión, una polémica, una provocación… en ese caso puedo actuar de manera preventiva y seguirle la corriente “como a los locos” (cuando el tema sea indiferente) o mostrar, con firmeza, que no vamos a discutir con él (cuando las provocaciones sean más directas). Esta estrategia se fundamenta en nuestra madurez, que nos hace capaces de ver las cosas con perspectiva y anticiparnos a situaciones conflictivas no deseadas.
- El ataque. Cuando se miden a nosotros, nuestros hijos usan todos los recursos de los que disponen. Especialmente aquellos que ya saben que resultan efectivos. Conocen nuestros puntos débiles y saben usarlos a su favor. El chantaje emocional, la comparación con los hermanos, los dolores físicos… hay multitud de elementos que pueden usar para ablandarnos el corazón y librarse de una regañina o salirse con la suya y conseguir algo que inicialmente les habíamos negado.
Un ejemplo de esto es cuando nuestros hijos reaccionan victimizándose en extremo ante un error. Si meten la pata, lo normal es que se les riña, pero si antes de que le riñamos ellos empiezan a “auto flagelarse” (‘soy tonto’, ‘siempre meto la pata’, ‘no sé portarme bien’…) es muy fácil que nosotros adoptemos la postura del consuelo y del cariño, para evitar que ellos mismos se dañen su autoestima. De esta forma, nuestros hijos no sólo se han ahorrado la reprimenda original, sino que, además, han conseguido una dosis extra de cariños y atenciones.
Tenemos que ser más listos que ellos (“más sabe el diablo por viejo…”) y darnos cuenta de las intenciones de sus actos. Es evidente que debemos frenar esa autocrítica exagerada, pero no con “mimitos”, sino con la firmeza de que esa también es una conducta que, como padres, no vamos a consentir (‘es verdad, has actuado mal, los dos lo sabemos, ya no hace falta que lo repitas más’).
Si nuestros hijos pueden usar el recurso de buscar los puntos débiles, ¿por qué no usarlo nosotros también? Dicen que “la mejor defensa es un buen ataque” y también nuestros hijos tienen puntos débiles, cosas (ya sean físicas o no) que les afectan y que como padres debemos conocer. A veces es tan simple como verbalizar nuestro enfado o tristeza y con eso nuestros hijos dan un paso atrás. Otras veces hay alguna actividad por la que sienten especial predilección y puede usarse como premio o castigo ("te la mereces o no").
Se trata de detectar cuáles son esas cosas que pueden sernos útiles y valorar cómo repercuten sobre ellos, para saber en qué momento usarlas, con qué intensidad. A veces resulta muy difícil dar con ellas, porque nuestro hijo parece apático ante cualquier comentario, regañina o castigo, pero la clave vuelve a estar, una vez más, en nuestra condición de adultos. Tenemos que ser capaces de ver las cosas con perspectiva, de tener memoria de lo que ocurre en torno a nuestro hijo y de tener paciencia para ir probando hasta dar con el elemento apropiado.

Usemos la estrategia que usemos para “controlar” a nuestros hijos, siempre debemos tener en cuenta dos puntos fundamentales:
1. Tenemos que ser fieles a la estrategia elegida. Cualquier actuación que emprendamos necesita de un tiempo para probar su eficacia. Si optamos por ignorar a nuestro hijo, y a los cinco minutos ya no aguantamos más y decidimos ponerle un castigo, no puedo decir que la estrategia de ignorar no haya funcionado, simplemente es que me ha faltado paciencia para aplicarla.
Si nuestra forma de actuar sigue siempre una pauta, a la larga esto ayuda a nuestro hijo a conocer dónde están los límites y cuándo papá y mamá no van a entrar más en el juego. Si por el contrario cada vez actuamos de una manera diferente, nuestro hijo percibe que no existe un límite real, sino que unos días las cosas son de un modo y al siguiente son de otro. Esto le incita a seguir retándonos.
2. No podemos culpabilizarnos. Si queremos educar a nuestros hijos, tenemos que hacer uso de estrategias que a veces nos pueden parecer poco agradables. A todos nos gustaría que nuestra familia fuera una eterna sonrisa en la que nunca nadie tuviera que levantar la voz, pero un niño (y más con las características que tienen nuestros hijos) necesita también la firmeza y los límites que fijan sus padres y nunca debemos culparnos por ello. Todo lo contrario, deberíamos sentirnos orgullosos de estar cumpliendo nuestro deber como padres a pesar de lo doloroso que eso resulta a veces.
Si pusiéramos en una balanza por un lado los buenos momentos y las cosas agradables que la familia aporta a nuestro hijo, y por el otro los momentos menos buenos, a buen seguro que ganaría por goleada lo positivo, y la prueba de ello es que nuestros hijos nos quieren muchísimo.
En relación a este último punto, también es habitual que nos asalte la duda (la culpa) de que estamos descuidando a nuestros otros hijos en favor del hermano que demanda más atención. Realmente estamos prestando más atención a unos que a otros, pero no porque descuidemos a ninguno, sino porque, como es lógico, atendemos más al que más nos necesita. Cuando cualquiera de nuestros hijos pasa por un momento difícil y nos necesita, sabemos estar ahí. No hemos abandonado a ninguno de ellos, lo que ocurre es que como es lógico estamos más pendientes del que más nos necesita.
Estableciendo una comparativa, es lo mismo que nos gustaría que hiciera la escuela. Sabemos que nuestro hijo necesita una atención especial y eso no está reñido con que se atienda debidamente al resto de compañeros de su clase, solo que la atención que necesita nuestro hijo es diferente.
Esta atención que demanda nuestro hijo en casa, a veces también nos hace plantearnos si nuestro hijo es excesivamente dependiente de nosotros. Como cualquier niño, nuestro hijo es dependiente de sus padres, eso es lo más normal y lo más bonito del mundo. Lo que ocurre es que en el caso de nuestro hijo, sus características personales hacen que para ellos sea muy difícil encontrar en otros contextos todo lo que necesitan. Sin embargo, en casa sí somos capaces de atender y satisfacer sus necesidades, por eso nuestra relación puede llegar a ser muy estrecha. Pero, ¿acaso no hacemos bien dándole a nuestro hijo lo que sabemos que necesita? ¿No sería mucho peor negarle lo que sabemos que está en nuestra mano darle por el simple hecho de que nos da miedo que se vuelva dependiente? Si nuestro hijo se apoya en nosotros es porque está en una fase de su vida en la que nos necesita y por lo tanto hacemos bien atendiéndole. Ya tendrá tiempo de romper los lazos familiares y crear nuevos vínculos.

Estos fueron algunos de los temas que se abordaron durante la sesión pero, como siempre, hubo muchas más cuestiones que no han quedado reflejadas aquí. Lo verdaderamente enriquecedor es el debate que se entabla en el aula, por eso os invito a todos a asistir a la próxima sesión que tendrá lugar el día 25 de marzo en horario de 17:30 a 20:00 aproximadamente. Para esa ocasión, os invito a añadir un comentario a continuación proponiendo el tema o los temas que más os interesaría abordar.

3 comentarios:

  1. Hola, Jesús. Un tema que se podría tratar es el de las amistades, cómo seleccionarlas y ayudarle a ellos a que sepan con quién sí y con quién no les "conviene" estar

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  2. HOLA, JESUS:
    A MI UNA IDEA QUE SE ME OCURRE, ES ALGO QUE A MI HIJO LE OCURRE HABITUALMENTE: ES EL TEMA DEL CONTINUO ABURRIMIENTO QUE TIENE, CONSTANTEMENTE, SE ABURRE, SE SUBE POR LAS PAREDES, LAS VACACIONES LE SIENTAN FATAL, HAY Q SALIR TODOS LOS DIAS PITANDO A EXTRAESCOLARES, AL PARQUE, DONDE SEA, PORQUE EN CASA NO SABE QUE HACER Y SOLO HACE ENREDAR.
    NO SE, IGUAL ALGUNOS COMPAÑEROS SE SIENTEN IDENTIFICADOS Y PODRIAMOS CHARLAR SOBRE EL TEMA.

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  3. Buenas Jesús:
    Me parece interesante tratar el tema de como reforzar su autoconcepto emocional, a la vez que podamos ayudarles a configurar una imagen de si mismos, real pero que le permita la integración social y la relación con sus iguales.

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