
El primer dilema que se nos plantea en el tema de la amistad es ¿cómo podemos ayudar a nuestros hijos a tener amigos? Parece algo raro, pero es habitual que los niños con altas capacidades intelectuales tengan problemas a la hora de establecer relaciones de amistad con otros niños.
Hay casos en los que la causa se sitúa en el comienzo mismo de la relación, por la timidez o la dificultad que tienen en muchas ocasiones para acercarse con naturalidad a los otros. Ante esta primera barrera, además de la habitual dosis de paciencia con la que nos cargamos cada mañana, solo cabe añadir que eso es algo normal en estos niños y que se va pasando con el tiempo, es decir, no es preocupante. En la vida se va a ver inmerso en grupos y más grupos humanos (el cole, las actividades extraescolares, las reuniones de familia o amigos…). Es cuestión de tiempo que se vaya abriendo al mundo exterior y perdiendo el miedo a introducirse plenamente en estos grupos. Como padres lo único que tenemos que hacer es respetar su ritmo y facilitarle contextos en los que existan grupos donde nuestro hijo pueda empezar a dar esos primeros pasos, por ejemplo: invitando a compañeros a casa, apuntándolo en todas las actividades y excursiones que haga falta...
En otros casos el problema suele llegar después, cuando ya salvada la barrera inicial de la vergüenza, se produce un ‘rechazo’ por parte del grupo debido a la forma de ser de nuestro hijo. Los niños sobredotados son líderes natos. Tienen una serie de características como su perspectiva a la hora de ver las cosas, su capacidad resolutiva, sus razonamiento lógico, su vocabulario, su capacidad verbal, su habilidad normativa para organizar y pautar las cosas, su creatividad, etc. que les hacen sentir la necesidad de manejar a los grupos en los que están inmersos, ya que están más capacitados para ser líderes que el resto. Sin embargo, poseer las características de un líder no implica que se sepa desarrollar el liderazgo. Y es ahí donde surge el problema. Tienen la CAPACIDAD, pero carecen de la HABILIDAD. Por eso son tan importantes las habilidades sociales para nuestros hijos, ya que no hay nada menos carismático que uno que quiere ser el líder y no para de "mangonear" a los demás. Como padres, debemos prepararlos desde pequeños para esa convivencia con los iguales, enseñándoles cosas tan esenciales como que no siempre se puede ganar en los juegos; que no siempre se puede jugar a lo que uno quiere; que si te niegas a hacer lo que a mí me gusta es muy probable que yo después me niegue a hacer lo que te gusta a ti; que las normas de un juego no pueden ir variando a mi antojo; que las cosas no se consiguen con cabezonería y pataletas; que además de hablar hay que escuchar a los demás… y todo un rosario de ideas básicas que son tan importantes para la familia como para los grupos de iguales, pero que a veces, por ‘comodidad’ (para evitar la enésima polémica del día) o por ‘saturación’ (no puedo estar en misa y repicando), pasamos por alto. Las habilidades sociales son la base para encauzar su capacidad de liderazgo y convertirlos en líderes populares y carismáticos, y esas habilidades sociales también se trabajan en el día a día desde casa.
Y por último, como no, también está el caso en el que es nuestro hijo el que rechaza a los grupos. Los niños con altas capacidades intelectuales suelen ser exigentes, especialmente con los demás. Tienen unas altas expectativas sobre las personas que forman parte de su círculo, y por eso es muy fácil que se enfaden o se sientan defraudados con ellas. Además, su manera de interpretar el mundo les hace muy difícil encontrar personas que encajen en el perfil de lo que ellos pueden llegar a considerar un ‘amigo de verdad’, ya que lo que ellos esperan o entienden por amistad es una elaboración mucho más madura que la que pueden hacer los niños de su edad. A medida que van cumpliendo años pueden llegar a establecer relaciones más equilibradas con compañeros mayores que ellos. Pero eso llega con los años, ya que de pequeños es muy difícil encontrar a alguien mayor que quiera ser su amigo. Como padres lo mejor que podemos hacer es desmitificar la amistad (cosa que no resulta nada fácil), quitarle importancia al concepto amigo y resaltar el valor de otras ideas como las de compañeros, colegas o conocidos, que sin llegar a ese nivel de perfección del amigo, nos pueden aportar muchas cosas buenas e interesantes. Con ellos, nuestro hijo puede aprender a ser más flexible a la hora de relacionarse; es decir, un ‘compañero’ puede ser una relación interesante para compartir las cosas del cole y las ‘aventuras’ que allí se viven pero no tiene por qué ser mi pareja ideal para jugar. Quizás ese papel lo desempeñan los ‘conocidos’ con los que coincido en la plazoleta. Y puede que haya un ‘colega’ con el que no juego, pero al que le cuento esas cosas que me preocupan y de las que necesito hablar (o puede que ese papel lo tengamos que desempeñar durante muchos años los padres o hermanos). Esta flexibilidad hace que las relaciones sean menos exigentes que la del amigo, y de este modo hay menos riesgo de que nuestro hijo viva con una sensación de insatisfacción social.
Esta insatisfacción que le producen los ‘amigos’ que no llegan a serlo, pueden llevarlos a relacionarse con aquellos que, como él, se mueven ‘al margen de la ley’; es decir, los que no están integrados en ningún grupo tienden a agruparse entre ellos. Y ahí surge otra de las grandes cuestiones asociadas a la amistad: ¿podemos, como padres, influir en el tipo de amigos que tiene nuestro hijo?
En primer lugar, como adultos deberíamos ser analíticos y observar la situación con perspectiva. Nuestro hijo tiene necesidad de establecer relaciones sociales con otros niños, y si a su ya limitado abanico le recortamos más varillas, va a acabar echándose aire con la mano. A la hora de decidir si un ‘amigo’ le conviene o no, debemos tener en cuenta las consecuencias reales de esa amistad. Si le afectan a su salud, a su estado de ánimo, a su rendimiento, a su comportamiento en familia o en el cole, a su equilibrio emocional… entonces debemos actuar. Pero si simplemente no me gusta ese ‘amigo’ pero no soy capaz de encontrar una justificación lógica, entonces debería preguntarme si no se trata de una proyección de mis prejuicios como persona y de mis miedos como padre.
Evidentemente, en el segundo caso lo mejor es no interferir sino dejar que la relación se desarrolle con normalidad. Eso sí, conviene no perder el seguimiento y la supervisión paterna de esa amistad, ya que de esa manera estaremos más tranquilos y al mismo tiempo estaremos alerta por si la cosa se torciera (ya que el ‘amigo’ no nos ofrecía mucha confianza)
. Pero es importante no olvidar esto: Nuestro hijo no tiene especial facilidad para establecer relaciones de amistad con otros niños. Este ‘amigo’ no me parece la mejor influencia para nuestro hijo, pero con todos sus defectos es el único que no ha rechazado (por el motivo que sea) a nuestro hijo, lo que automáticamente lo convierte en mucho mejor persona que todos los demás. Y por lo tanto merecedor de una oportunidad para seguir siendo ‘amigo’ de nuestro hijo. Además, no tenemos por qué ser negativos, y podemos en vez de ver al otro como una influencia negativa, ver que nuestro hijo puede convertirse en la influencia positiva que necesitaba su ‘amigo’.
Sin embargo, en el otro caso el tema es mucho más serio. Cuando un relación de amistad repercute en nuestro hijo negativamente debemos actuar pero, ojo, con mucha cautela. Sabemos que la prohibición por la prohibición de poco vale con estos niños, tienen que entender las cosas, verlas por sí mismos y convencerse de que algo está fallando y hay que enmendarlo. Si no es por ese camino, es muy difícil que podamos llegar a influir en sus amistades. Para ello, lo más eficaz es facilitarle nuevos contextos de interacción en los que pueda llegar a conocer a otras personas con otras actitudes y otras maneras de ser diferentes y más saludables desde nuestro punto de vista de adultos. Ejemplo de estos contextos pueden ser: actividades extraescolares y talleres (en las que ya hay un nexo de unión al tratarse de una afición o gusto común por la música, el atletismo, la astronomía o la actividad que sea), grupos de niños y jóvenes (por ejemplo scouts o actividades proyectadas por asociaciones como la nuestra), reuniones de familia o amigos (en la que los padres son los que quedan pero sirve de excusa para reunir a varios chicos de una edad similar y coinciden de manera frecuente en contextos diferentes como un cumpleaños, una excursión, la casa de alguno de ellos, la feria…)… Se trata de ser creativo, de ver las posibilidades de cada caso y de propiciar esos contextos, de manera que nuestro hijo se vea inmerso en ellos y poco a poco empiece a establecer vínculos con otras personas que lo alejen de las influencias negativas.
Si nuestro hijo es receptivo a esta técnica y admite el participar de estos nuevos contextos, debemos tener presente dos normas: la primera es que las medidas que pongamos en marcha nunca son inmediatas, necesitan su tiempo y no debemos forzarlas demasiado. La segunda es que no hay que comparar nunca a los nuevos ‘amigos’ con los antiguos. Nuestros hijos son listos y disfrutan de la rebeldía y del reto a los adultos, por lo tanto si detectan que nuestra intención es alejarlos de unos en favor de los otros, pueden reaccionar reforzando sus vínculos con aquellos amigos de los que los queríamos separar.
Pero ¿qué pasa si nuestro hijo no se muestra dispuesto a participar de estos nuevos contextos? En ese caso, aunque no es lo deseable, tenemos que forzar las cosas. Para ello, según la gravedad y la edad de nuestro hijo, se abre un extenso catálogo de posibilidades para hacer que contacte con nuevos grupos. Estas posibilidades van desde obligarlo a apuntarse en alguna actividad, argumentando la importancia de la actividad en sí misma (‘te obligo a apuntarte a la escuela de idiomas porque es muy importante para tu formación’ o ‘te obligo a apuntarte en una actividad deportiva porque es bueno para tu salud’), hasta las medidas más radicales como pueden ser el cambio de centro educativo (resetear el sistema: rompiendo con todas sus relaciones anteriores lo obligamos a empezar a construirlas de nuevo). Eso sí, la premisa de no justificar nuestra actuación por causa de los ‘amigos’ que suponían una influencia negativa sigue en pie. Cuanto más hablemos de esos ‘amigos’ (lo malos que son y lo poco que nos gustan) más interés y más poder de atracción les damos sobre nuestro hijo.
En relación con este tema de las amistades, fueron surgiendo a lo largo de la sesión algunas ideas que también merece la pena reflejar aquí:
- Las palabrotas: ¿Es malo que las digan? ¿cómo podemos frenárselas? Evidentemente no está bonito que nuestros hijos digan palabrotas, especialmente si todavía son pequeños. Pero no podemos perder la perspectiva de que las palabrotas están en la calle y por lo tanto es normal que las oigan e incluso que las usen. Sobre todo porque son palabras tabú, que están vetadas por los adultos, y como tal se convierten en palabras muy atractivas para cualquier niño. Ahora bien, ¿qué es lo que realmente nos debe preocupar de las palabrotas? Son palabras que nosotros le hemos dicho que no diga, así que lo realmente importante es que no las diga delante de nosotros o en contextos inapropiados (como por ejemplo el cole). Si nuestro hijo coquetea con las palabrotas en la calle, pero luego no las dice en casa, ni al abuelo, ni en el cole, ni en las actividades de la tarde… nuestro hijo nos respeta y sabe respetar a los demás, y eso es lo que verdaderamente nos debe importar. No debemos olvidar que nosotros también hemos sido niños y que cuando teníamos la edad de nuestros hijos, también nos daba morbo decir esas palabras prohibidas por los mayores, por lo tanto es demasiado pretencioso intentar que nuestro hijo no diga las palabrotas que dicen (decimos o hemos dicho) todos.
- La soledad: Hablamos de amigos, pero hay muchas ocasiones en las que nuestros hijos se quedan solos ¿qué hay que hacer ante eso? En principio, no hay que hacer nada. Siempre insistimos en una misma idea: nuestros hijos son muy diferentes al común de los niños de su edad. Dentro de esas características (muchas de ellas propias del mundo adulto) está el gusto por la soledad. No es que sean huraños, sino que igual que necesitan de las relaciones sociales, también necesitan de sus ‘momentos personales’, y eso no es malo. La soledad, cuando es buscada y deseada, es algo muy positivo para ellos; por tanto, antes de preocuparnos, debemos averiguar si esos momentos de soledad son libres o forzados. En caso de ser forzados podemos poner en marcha el mecanismo del que hablábamos antes: facilitar contextos y experiencias comunes con otros niños.
- El esfuerzo: ¿Cómo podemos conseguir que nuestros hijos valoren el esfuerzo? Sinceramente, no se puede conseguir. A los padres nos parece terrible que nuestros hijos se acostumbren a conseguir las cosas sin esfuerzo, pero eso es algo maravilloso. El ser humano valora el esfuerzo, porque el común de los mortales necesita esforzarse para conseguir las cosas; pero ellos, de momento, no lo necesitan. Por lo tanto, cómo van a valorar algo que ellos no necesitan. La pregunta siguiente es: ¿qué pasará el día que tengan que esforzarse para conseguir algo? ¿serán capaces de hacerlo o fracasarán en el intento? Si no se han esforzado es porque no les ha hecho falta, el día que lo necesiten por supuesto que lo van a hacer. La única manera en que uno puede aprender a esforzarse es esforzándose, por lo tanto es algo que aprenderán a hacer cuando lo necesiten. Hasta entonces, lo que han aprendido a hacer es a encontrar otros caminos para conseguir las cosas (sin esfuerzo) y a renunciar a cosas que les gustan por no haberse esforzado (esos famosos castigos que a veces nos empeñamos a poner los padres a un hijo que no quiere estudiar cuando tanto él como nosotros sabemos que sin estudiar saca un 10). Encontrar caminos más fáciles y ser capaz de renunciar a cosas son virtudes tan importantes o más que el esfuerzo (por lo menos en el caso de nuestros hijos).
Una imagen gráfica sobre el esfuerzo puede ser la de un autobús en el que tenemos que montarnos cada mañana.Si llego tarde a la parada tendré que correr (esforzarme) para que no se me vaya el bus, pero si llego temprano sería absurdo ir corriendo (¿para qué serviría ese esfuerzo inútil?). Y aun así, hay algunas veces que sé que podría alcanzar el autobús corriendo, pero también sé que puedo coger un taxi o esperar al siguiente…
De los temas que se habían propuesto para tratar en esta sesión de la Escuela de Padres solo nos dio tiempo a abordar este de las amistades, ya que resultó muy interesante. Quedaron pendientes, el tema del ‘Aburrimiento vital’ que a veces parece asaltar a nuestros hijos y el de ¿Cómo reforzar su Autoconcepto y su Autoestima de manera saludable? Estos temas serán los que tratemos inicialmente en la próxima sesión del viernes 27 de Mayo, que tendrá lugar como siempre en el aula 20-B de la Facultad de Ciencias de la Educación a partir de las 17:30 horas.
Si alguno de vosotros quiere plantear alguna otra temática de interés, puede hacerlo añadiendo un comentario a continuación.



0 comentarios:
Publicar un comentario en la entrada